Son las cuatro con
cuarenta de la mañana. Suena el despertador. ¿Otros cinco minutos? No. No hoy.
No hay plazo que no se cumpla y el día para correr mi primer medio maratón ha
llegado. No hay más. Me pongo de pie de un salto. Me pongo muy derechita,
respiro profundamente… “calma… respira”…
me persigno y le pido a Dios terminar bien mi carrera. Que me deje cumplir mi
reto. Tomo un vaso completo de agua. Me baño con agua más fría de lo normal.
Como para despertarme. Como para alejar a la vocecita que me dice que mi cama
está más cómoda. Que estoy loca. Salgo y me visto casi como para un ritual. Me
lleno de vaselina porque hoy voy a correr la distancia que nunca he corrido.
Porque la competencia siempre es más dura que el entrenamiento. No sé cómo
peinarme. La corredora discute con la coqueta en mí y entonces me decido por
una trenza coqueta al frente que usualmente termina de lado, pero que
negociamos para que fuera atrás y alta y no nos estorbara en ningún momento.
Ciertamente mientras corro lo último en lo que quiero pensar es en mi cabello.
El clima es perfecto. Hacen trece grados centígrados y decido no llevar nada para abrigarme. Sólo mi tank top amarillo (amarillo porque creo que es de buena suerte) y el calor corporal de mis ganas de realizar esto. Manejo por las vacías calles del Distrito Federal. Realmente vacías. Hago menos de veinte minutos a Polanco desde Pedregal, lo cual es una proeza. Enseguida veo el movimiento de los primeros corredores. Los más anticipados, los que nunca llegan tarde. Sube con esto mi nivel de adrenalina. Está todavía muy oscuro pero brillan por todos lados los vivos anti reflejantes de los corredores. Y la energía que se siente. ¡Es tan indescriptible! Es magia. Es energía. Es tanta buena vibra que sólo de estar ahí te carga en automático. Todos listos para cumplir con una meta más. Me como un plátano por aquello del azúcar y los calambres y comienzo a caminar hacia la zona de la carrera.
Llegando a la zona
llena de vallas vuelve a subir mi ritmo cardíaco con sólo ver a más corredores,
los corrales, la zona de recuperación, la zona de meta… las medallas. Busco el
guardarropa para encontrar a los del equipo de Total Running, pero me topo con un
amigo que ha sido una fuerte inspiración, ya que he visto su rápida evolución.
También he visto su disciplina, determinación y la pasión y el amor que le
entrega al deporte. Lo conocí cuando “sólo”
corría. De un año hacia acá ha corrido ya dos maratones en un súper tiempo, no
sé cuántos triatlones y creo que está listo para su IronMan. El mismo que un
mes atrás, luego de felicitarme por mis primeras diez millas, se despide con un
“nos vemos en ESPN”. Y como que medio creo que estoy ahí. Un poco irreal. Él
tiene un poco de frío. Claro. Él ya ha hecho esto antes. Yo sigo tan tranquila
con el clima. Comienzo a comer una barra energética. Nos entrevistan los de
ESPN. Cometo un error diciendo que “es mi
primer Maratón” y me río mucho después con mi amigo que dice que me
editarán. Claro. No importa. Vine a correr. Nos separamos para irnos a nuestros
corrales…
Termino mi barra en
la línea de arranque….
Me persigno y miro al
cielo…
No hay marcha atrás…
No hay mañana… 5…4…3…2…
Dicen que durante un Maratón recorres todas las emociones que hay en ti. Cierto es que no tengo una idea, pero durante los más de veintiún kilómetros y casi dos horas en los que los recorrí, pasaron por mi cabeza pensamientos de muy distintos tipos. Pensaba en la primera vez que salí a correr. Fue en mi bella universidad. En lo libre que me sentí y el miedo que tenía a cansarme antes de terminar la vuelta… en mi primer competencia, hace año y medio. En lo larga que me parecía y el reto que representaba terminarla.
Cuando sentía el peso
de todos los kilómetros que faltaban (no importa en cuál estuviera) me decía
que para esto entrenaba. Para esto sudaba. Para esto sacrifiqué noches de
fiesta. Por correr vi más soles las mañanas de los domingos que lunas de los
sábados. Para esto luchaba todos los días con las ganas de quedarme en mi cama
“otro ratito”, contra el “hace frío”, el “está muy oscuro” y el “ayer me
desvelé”. “Cambié horas de sueño por un
sueño más grande”.
Pensé en todas las
personas que me han inspirado. Dentro, pero también fuera de la pista. Porque
cada persona tiene distintos tipos de competencias. Pensé en mi familia, en mi
equipo de atletismo cuando estaba en la uni, en mis amigos, que muchas veces no
entendían por qué cambiaba una noche de fiesta por la competencia del otro día.
Peor aún. Por un entrenamiento. Cómo es que, en caso de que saliera la noche
del sábado, el domingo estaba terminando mi entrenamiento cuando ellos todavía
no despertaban. No los culpo. Los runners
sabemos que estamos locos. Pensaba en
los grandes atletas, pensando en que lo que yo hacía era una ínfima parte de lo
que ellos lograban, en los hijos que no he tenido (y en que ¡qué orgullo poder
decirles que lo logré!), en la gente que me ha echado porras, en los que han
creído en mí. Pensé en todos los que me han dado aliento… pero también llegaron
a mi mente las personas que no. Recordé mientras iba como por el kilómetro diecinueve
a cierta Jefe de Recursos Humanos que, después de preguntarle si existía algún
apoyo para los que quisiéramos seguir preparándonos con Maestría me contestó:
“No te quieras comer el mundo…”. Pues yo no conozco otra manera de hacer las
cosas que con todas las ganas. Con todo el corazón. Sonreí. Y seguí corriendo.
Y llegué a la meta. 13.1 millas. Reto completado.
Me resulta
prácticamente imposible explicar la emoción que me dio el culminar. Es una
emoción demasiado fuerte para contenerla. Es algo que no se puede describir. Y
estoy segura que cada persona tendrá su propia versión. Yo por ejemplo, les
puedo asegurar que mientras describía esto me llegaron las lágrimas a los ojos…
y que lo comparto por esa sencilla razón: Porque me gustaría que sintieran
tantito de esa emoción tan pura, tan fuerte, tan intensa, tan mágica. Si les
hice sentir así, en cualquier nivel, habré cumplido mi objetivo. Si puedo
inspirar a una persona más, habré cumplido. No tiene que ser correr, o
deportivamente, ya que, como dije antes, cada quién tiene sus propias
competencias y sus propias metas.
No lo tenía pensado
así. Todo sucedió muy rápido. Una amiga muy querida me envió un mensajito
cuando terminó el pasado Maratón de la Ciudad de México, diciéndome que no me
vio pasar, que salió a su ventana para echarme porras cuando pasara… no me vio
porque por supuesto que yo estaba en mi casa, descansando. Y me pregunté:
“¿Cómo es que haya personas que crean más en mí que yo misma? Eso me motivó. Si
ella cree que yo puedo, puedo. Y más importante aún: si yo creo que puedo, lo
consideraré hecho. En ese momento decidí cambiar los pretextos y las excusas
por las ganas.
Agradezco a Dios por
haberme permitido cumplir esta meta y por darme unos padres que me han dado una
seguridad desproporcionada a mis capacidades; y una familia y amigos que
siempre han creído que soy más grandiosa y exitosa de lo que soy, porque eso me
obliga a hacer lo que nunca hubiera pensado y a conquistar cosas que nunca creí
lograr.
El sentimiento de
cumplir una meta propuesta, lograr algo que no se puede comprar, algo que no puede
regalar nadie, que cuesta cada metro que avanzas. Cada paso que das. De
demostrarte a ti mismo de lo que eres capaz. De conocer tus límites y saber que
son sólo sugerencias. Que los límites son los que tu mente y corazón quieran
ponerte. “Si no te esfuerzas hasta el máximo… ¿cómo sabrás hasta dónde puedes
llegar?”
Ya no me lo cuentan.
